Volver a Tifariti

8 de xunetu de 2013 DE 2013 • Pedro Menéndez

Decía Roque Dalton, allá por los convulsos 70, que “ir a la montaña en Centroamérica es aceptar el problema personal de la vida y la muerte en una proporción del sesenta por ciento para la muerte y del cuarenta por ciento para la vida”. No es, ciertamente, una frase que evoque hoy la lucha del pueblo saharaui, al menos al lado oriental de los muros. El conflicto, arrastrado y sufrido por cientos de miles de personas desde hace más de 38 años, ha mutado y desde hace un tiempo ofrece un rostro más benévolo.

Sin embargo, no siempre fue así. El del Sahara Occidental es un conflicto marcado desde su origen por el colonialismo y la guerra y, por tanto, por la muerte. Marcado por la persecución, el exilio, la ocupación, la tortura, la cárcel, el expolio… “Nombrar las cosas es denunciarlas”, dicen que dijo Sartre. El conflicto saharaui ha estado marcado por cosas que muchos medios de comunicación han dejado de nombrar tantas veces que, en ocasiones, no reconozco en el relato mediático actual mis lecturas previas sobre él.

Cuando eso ocurre vuelvo a Tifariti. Porque a veces no basta nombrar las cosas para creérselas. Uno tiene que verlas. Y en Tifariti, en el invierno de 2002, unos despojos metálicos erosionados por la arena, el sol, el viento y el tiempo daban testimonio de la actividad bélica que dominó el extremo occidental del Sahara entre 1975 y 1991. Los restos de un tanque en ruinas, la cola oxidada de un avión marroquí y las edificaciones derruidas me hablaban de una guerra casi olvidada, pero cuyas consecuencias marcan hoy la vida de miles de personas a uno y otro lado de unos muros menos mediáticos que otros. Tifariti cargó de credibilidad unos relatos que, demasiadas veces, se me presentaban desconectados del conflicto que hoy veo en los medios. No, el del pueblo saharaui no es un problema humanitario, causado por la dureza del desierto y cuatro lluvias torrenciales, sino un conflicto político, causado por decisiones tomadas por gobiernos de distintas épocas y latitudes. La atención mediática que durante años recibieron los campamentos de Tinduf dejó en un segundísimo plano las causas que los originaron. La recreación, durante décadas, de una Marcha Verde pacífica y de un pacífico exilio se daban de bruces en Tifariti con los restos del caza derribado, con el tanque calcinado, con las edificaciones derruidas. En cierto modo, Tifariti fue mi constatación de las lecturas de años anteriores: sí, hubo un conflicto bélico, más o menos violento, más o menos duradero, más o menos mortal. En el Sahara Occidental, los problemas humanitarios son consecuencia de un conflicto político-militar. Creo que a veces muchos lo olvidamos.

Tal vez no es el tipo de texto que alguien espera encontrar en este tipo de libro. Albergo otros recuerdos. Podría hablar de las veladas avilesinas de radio, con Belén y Agustín; de la visita a Dajla donde Bachir, ejerciendo de anfitrión, nos lavó nuestras cabezas tras horas de viaje; de Aby y sus esfuerzos en la Liga de Estudiantes Saharauis; de las infinitas charlas con Carmen en manifestaciones y sobremesas; de la generosa ayuda de Gemma; de las entrevistas a Hassana, a Brahim…Pero cuando pienso en cómo se cuela esa versión descafeinada, de digestión fácil, sobre el conflicto saharaui, siento que los esfuerzos de las decenas de Belenes, Agustines, Bachires, Cármenes, Abys, Gemmas, Hassanas y Brahimes de algún modo se invisibilizan. Y entonces vuelvo a la visión política del conflicto. Vuelvo a Tifariti.

Pero no, no he vuelto a Tifariti; no sé si el tanque oxidado y la cola del avión siguen allí o si la arena, el sol, el viento y el tiempo continuaron su trabajo de forma concluyente. Sin embargo, algunos días recupero sus siluetas, escéptico por el devenir de un conflicto que, a pesar de los esfuerzos de miles de personas, se me revela enquistado, bajo una pátina mediática de amabilidad, de problema humanitario huérfano de una perspectiva política. El tanque, el avión, los edificios derruidos me resultan más acordes con las torturas que continúan entre el Atlántico y los muros, más acorde con las desapariciones, con los juicios militares a civiles, con el expolio de los recursos que hipoteca la independencia futura. En aquel día de invierno, y también hoy, Tifariti me recuerda que, manden las balas o la diplomacia, éste ha sido un conflicto violento. Y sigue siéndolo. Tifariti me recuerda que, lejos del tratamiento a veces naif de los medios de comunicación, hay víctimas. Y sigue habiendo verdugos.

*Este texto forma parte del libro 25 Voces por un Sahara Libre, editado por la Asociación Asturiana de Amig@s del Pueblo Saharaui con motivo de su 25 aniversario, y ha sido cedido por el autor para su publicación en www.glayiu.org