Reflexiones para un ejercicio práctico de nuestras inquietudes

7 de febreru de 2013 DE 2013 • Pablo M. Testa

Muchas veces nos perdemos en los discursos. Nos perdemos porque ni tan siquiera nosotros nos vemos o nos reconocemos en ellos. Difícilmente una comunicación, la que sea, puede ser aceptada cuando el que la emite ni se la cree, ni hace por practicarla -máxime cuando intenta convencer a alguien de una forma de vida concreta-. Existe un artículo inédito, muy a pesar mío, pues debería ser publicado cuanto antes por su clarividente contenido, del GT Recuperando Nuestros Espacios de la APAdH, escrito, fundamentalmente, por un compañero estupendo, que trata este tema desde la óptica de la práctica y ejercicio de la filosofía de vida manifestada -únicamente y exclusivamente en formato discursivo-.

Haciendo también alusiones al primer artículo que escribí en la nueva era de Glayíu, no se puede si no se hace. Somos porque hacemos, sino hacemos, no somos nada. Resulta paradójica, entonces, la terminología ideológica (izquierdosa, progre o anarcoide), descontextualizada absolutamente. Resulta paradójico un purismo religioso-pagano en el caso del anarquismo más expresivo y religioso-dogmático, en el caso del socialismo más explícito. ¿No seremos nosotros mismos los más conservadores? No veo, desde mi humilde observación, nada menos transgresor que los llamados transgresores. Sinceramente, no podemos continuar ni con el paternalismo floreciente, ni con la condescendencia y prepotencia máxima, que hemos esgrimido, los movimientos sociales, desde la famosa Transición hasta esta parte... viendo, trágicamente, y en consecuencia como las personas -nuestros vecinos y vecinas- iban desprendiéndose de ideales de emancipación supuestos. Sin embargo, la emancipación no podrá venir nunca desde “el yo más” o “yo mejor”. Máxime en un supuesto imaginario comunitario. La fórmula del discurso es interesante replantearla. La semiótica, la semiótica que valió en determinadas épocas... hoy quizás rechine, no sea eficaz ni capaz. ¡Cuidado! Lo que no quiere decir que el contenido último (ese estupendo mundo libre, igualitario, feliz -tres apéndices que toda ideología trasmite, sea cual sea-), haya de ser clausurado y no expresado. Al contrario, debemos poner mayor énfasis, desde mi punto de vista, en esos contenidos, para saber, a su vez, nosotros y nosotras mismas qué queremos, cómo, por qué y para qué.

Resulta paradójico un purismo religioso-pagano en el caso del anarquismo más expresivo y religioso-dogmático, en el caso del socialismo más explícito. ¿No seremos nosotros mismos los más conservadores? No veo, desde mi humilde observación, nada menos transgresor que los llamados transgresores.

La conformación de un imaginario colectivo es compleja. De hecho, nadie parece ponerse a pensar en ello hoy en día, -sólo se recitan eslóganes, muchas veces difusos y despistados-. Quizás nadie lo haga porque nadie se lo cree. O mejor dicho, nadie cree que pueda vivirlo. El hecho de pensar que es imposible -a día de hoy-, cualquier planteamiento de esta índole, hace que estemos rezagados hasta puntos máximos. Rezagados en cuanto al poder imperante, que corre, vuela, se reinventa y se autorreforma para ubicarse. Es dinámico, mientras que nosotras y nosotros excesivamente estáticos.

Y así, algunos pensaron que luchar era cabrearse; estar enfadado con tal o cual medida; era gritar o lanzar proclamas al viento; era mantenerse como usuario (activo o pasivo) de una concentración o manifestación o colectivo -una actividad extraescolar más, en algunos sentidos-; sin embargo, luchar es el equivalente a "hacer" y "ejercer" lo que precisamente se proclama. Si se quiere llevar a cabo una idea, no se tiene más que hacer que, precisamente,"hacerla". "Hacer", efectivamente y consecuentemente, es luchar. Tomar consciencia de la filosofía de vida que se quiere asumir y vivir; ejercer la forma de vida que se desea. Ser parte activa, por tanto, de esa filosofía proclamada. Tendremos que pensar que, efectivamente, no “les” queremos. No queremos SUS políticas, porque queremos participar activamente de nuestra propia vida. No queremos SU economía, porque queremos poder autogestionar nuestros bolsillos, nuestra producción, autorregular nuestro consumo. No queremos SU cultura, la de la dominación del cuerpo, la del control y el autocontrol, la de mirar mal al de al lado, la del individualismo inoperante, la de la culpa, la del sexismo y los prototipos sociales. No les queremos porque nos queremos a nosotras; como vecinas y personas libres.

Y ahora, habiendo enumerado “noes” infinitos, los que cada uno y cada una crea; tendremos que trabajar, conjuntamente, en ver cómo. Siendo individuos complementarios dentro de una comunidad dada habremos de ver cómo, entonces, complementamos nuestros cómo. Lo que debiera, en extensión, ser una prioridad. Estableciendo el cómo, sabiendo ya el qué, entonces podremos caminar de forma más armoniosa hacia nuestro objetivo final: Destronar aquello que impera, desintegrar, deconstruir, deshacer, destruir, aquello que nos impide ser libres... Siempre sabedores de que lo que se destruye debe ser reemplazado por algo, o no. Tener claro qué comunidad queremos, tener claros esos cómo y esos qué.