Proust y Rilke entre Rusecu y Llaínes

27 de avientu de 2012 DE 2012 • Sotrondianu

Aquí no vais a encontrar un programa económico. Ni un programa social. Ni un programa político. Ni soluciones. Si eso es lo que estáis buscando, buscad otra lectura. Quien escribe estas líneas es una persona que escribe poemas, lo cual no es algo que convierta a esa persona en poeta. En teoría esa persona debería estar ejerciendo de profesor de Historia; pero en estos tiempos –y en realidad siempre ha sido así- es más importante el dinero que la educación. Y por eso estoy aquí.

Cuento lo anterior porque como no tengo trabajo me gusta salir con mi coche y pasear por la cuenca minera. De vez en cuando me gusta acelerar el coche entre los valles. Siguiendo el curso del Nalón, voy desde Sotrondio hasta La Pola Llaviana. Subo más: me gusta llegar a Rusecu y Llaínes, acercarme a Bueres o a Caleao. Hace tiempo que no subo a Tarna, ése puerto cuyo nombre deriva del dios céltico Taranis. Los bosques están vivos. Las montañas están vivas. Pero al mismo tiempo hay algo que se muere. A veces no se ve bien; es sólo una sensación, una agria desesperanza que parece como venir envuelta en niebla o en una fuerte luz, y que otras veces está como marcada en la cara de la gente. Hay algo que muere en la tierra, en la gente, en los bosques. Es la muerte de una personalidad, de una cultura, la muerte de la Historia. No me gusta tanto ver cómo todo se está muriendo ante mis ojos. Y es un hecho que eso está sucediendo. Se está muriendo. Es una muerte implacable. Los bosques siguen ahí, pero las ruinas están ahí. Yo recuerdo cuando aquí no había tantas carreteras y menos ruinas, si bien se empezaban a atisbar unas y otras. El siglo XXI va a ser eso: carreteras, y no sólo de asfalto; ruinas, y no sólo de fábricas. Porque el siglo XXI traerá la completa destrucción de las culturas que no defiendan su personalidad y, posiblemente, el desarrollo de aquellas que supieron defenderla en el siglo XX. Esa destrucción vendrá caminando a través de las redes de comunicación que en su afán de acercar a la gente –o de sacar buena partida económica de ella- la despersonalizan, la uniforman según la manipulación, la moda y la ideología dominante; esas redes que con una sonrisa de progreso le quitan la voluntad a las culturas, las revisten de esa ambigua forma de independencia que produce el dinero y que en realidad no es más que esclavismo o una argolla más en la palabra capitalismo; esas redes necesarias que están en manos de los ladrones que están de acuerdo en defender y proteger una cultura, siempre y cuando sea la propia, claro está.

Llamo “cultura” a todo aquello que una sociedad determinada ha construido dentro de un marco territorial propio a lo largo del tiempo; a la acumulación de una serie de expectativas, experiencias tradicionales e históricas dadas dentro de una sociedad, un territorio, a lo largo del tiempo. Repito la palabra “tiempo” porque es un hecho que en un territorio dado existe la geografía pero también el tiempo. El Tiempo ha pasado por la tierra: ha estado ahí desde el principio y por lo tanto ha dejado en la tierra una huella distinta. Y el Tiempo está lleno de hombres. Así que los hombres son de la cultura y la cultura de los hombres. Una cultura es un hecho enriquecedor para el género humano en su totalidad. Cuando desaparece o evoluciona hacia la asimilación total por otra –no necesariamente mejor, pero si necesariamente más fuerte o más ladina-, el mundo se empobrece y la cultura más fuerte, tarde o temprano, convertirá en deyección aquello de lo que se alimentó con falsas promesas o, directamente, con engaños feudales. La variedad de culturas alimenta el entramado total de la historia de la humanidad. Entiendo que la cultura asturiana existe y que no es ni peor ni mejor que otra. Existe porque aquí hay una tierra: y allí donde hay una tierra han existido los hombres, los hombres en el Tiempo. Entiendo que existe una personalidad de Asturies porque existe una personalidad propia de todos los lugares. En algunos casos la geografía alimenta esa personalidad, la endurece, la define como si fuese una isla. Asturies es pura geografía y no ha tenido la culpa. Esa geografía le ha dado su historia, que no empieza en Pelayo. Todo ha sucedido lentamente. Todo ha sido pulido. La geografía y la lengua han delimitado Asturies como una escultura que en algunos momentos fue demasiado basta y grande como para ser llevada al taller. Pero sobre todo ha sido parte del XIX y a mi modo de ver todo el siglo XX el gran escultor y el gran acelerador de las personalidades culturales. En Asturies el siglo XXI supondrá la destrucción de la geografía en cuanto que se acercará a Madrid; esto en sí no sería algo malo si más allá de la Cordillera existiese la capacidad de respetar a los otros territorios más allá de su carácter económico.

Tal vez la izquierda, en aras del internacionalismo, le está haciendo el juego al nacionalismo de derechas. Y el nacionalismo de derechas mientras tanto se alimenta de las culturas que en él están contenidas por culpa de una Historia de castellano caudillaje.

Dada esa personalidad que a mi modo de ver, Asturies tiene, entiendo que debe protegerse a través de los medios adecuados. Proteger no es encerrarla en un zoo o en una reserva. Defender una cultura no es inmovilizarla, y tampoco es entregarla enteramente a otras (sobre todo si la otra más que una cultura es una ideología). Defender una cultura es crecer con ella: es ser padre pero ser también hijo, amigo y enemigo. Defender una cultura. Esto es algo que no está bien visto, nunca lo ha estado. Y esto es algo curioso e incomprensible. Lo llaman nacionalismo, que es una palabra que yo de momento no he utilizado. No la he utilizado porque es una palabra lastrada por años y años de destrucción mediática; difícil de utilizar porque quienes más lo hacen –que no siempre son los nacionalistas- suelen estar a la defensiva y sólo ponen a la luz sus defectos, como si en este mundo existiese algo perfecto o ellos mismos fuesen inmaculados. Esto es algo muy propio de la derecha, pero también de alguna izquierda bienintencionada, si se me permiten palabras tan globales. Lo cierto es que cada vez que la izquierda oficial critica el nacionalismo de izquierdas, el nacionalismo de derechas aplasta una cultura que se aparta de la razón oficial, la central, la reaccionaria y que, en el caso de España, proviene del fascismo y que, por lo tanto, es de naturaleza injusta y tenderá, tarde o temprano, a la podredumbre. Tal vez la izquierda, en aras del internacionalismo, le está haciendo el juego al nacionalismo de derechas. Y el nacionalismo de derechas mientras tanto se alimenta de las culturas que, según él, en él están contenidas por culpa de una Historia de castellano caudillaje. Cierto, las pequeñas culturas de ahora en el pasado construyeron, consciente o inconscientemente, por su propio interés o coaccionadas, construyeron, decía, las grandes naciones históricas de ahora, pero eso no debe ser una excusa para que éstas petrifiquen el devenir de la Historia e, incluso, devuelvan a quienes todo se lo deben la oportunidad de intentarlo, de ser ellas mismas una razón de esperanza o de orgullo para sus gentes. A mi modo de ver, convendría hacer saber a cierto tipo de izquierda que defender un tipo de nacionalismo –llamadlo como queráis- quizá sea una de las formas más modernas de enriquecer a la humanidad pues se ha convertido una utopía más posible que otras. El nacionalismo de izquierdas no es, si queréis, nacionalismo: es, de hecho, actualmente, la vanguardia de la protección de la cultura. El nacionalismo no tiene por qué ser rancio. Precisamente puede ser, repito, la salvación del pensamiento de izquierdas: su liberación, su libertad, su higiene. Es un medio. Al escucharme me citaríais a tal o cual autor como respuesta. Yo podría estar citando autores toda mi vida. Tengo una libreta llena de frases. Me gusta subrayar los libros que leo. Puedo citar con los ojos cerrados a Proust, a Rilke, a Shakespeare, a Homero, Marx, Husserl o lo que en ése momento me parezca más adecuado. Pero las citas que prefiero son las de futuro. Las que dice la gente que no está muerta. Las de la gente que desea vivir. Hablo de Vanguardia. Y es como si vosotros me citáseis a un pintor académico y pompier. Tal vez la Vanguardia, que en la Historia del Arte tiene ya más de cien años, no ha llegado aún a la política, a la ideología de ningún tipo. Y sé perfectamente que muchos se reirán de mí por utilizar la palabra Vanguardia al hablar de Nacionalismo. Pero es que por eso he utilizado la palabra Vanguardia. Y al fin y al cabo sobre todo trato yo mismo de alimentar un debate, algo a lo que muchos ni siquiera se acercan.

Al escucharme me citaríais a tal o cual autor como respuesta. Yo podría estar citando autores toda mi vida. Tengo una libreta llena de frases.

El nacionalismo ha salvado lenguas; ha construido probablemente la música más hermosa de la Historia; ha salvado el pasado más veces de lo que se cree; incluso ha escrito los mejores cuentos para niños. Me pregunto si esos miles de muertos de los que se le acusa al nacionalismo no han sido producidos precisamente por la reacción de las fuerzas reaccionarias –casi siempre fruto de un pasado sangriento- ante una fuerza que se sabía en el deber de defenderse para no desaparecer. Abundan los teóricos que critican esta fuerza. La critican por balcanizante, rudimentaria y peligrosa. Y, en efecto, es rudimentaria y peligrosa: rudimentaria porque sus ideas son razonables, peligrosa porque destruye el entramado psicológico e ideológico de la manipulación histórica de la que, es curioso, sin embargo es acusado el propio nacionalismo, creador de de mitos y la maldad hecha forma. En realidad todos estamos sucios. Pero la tierra no lo está. El Tiempo no lo está.

Pero no pasa nada. Cambiemos la palabra. Hay muchas palabras. El tiempo las cambia. Yo he utilizado la palabra Vanguardia. ¿Qué pasaría si el nacionalismo de izquierdas empezase a llamarse a partir de ahora Vanguardismo?

Dudo mucho que Asturies sea un día una nación. Ni siquiera sé si eso servirá de algo. Yo no sé nada. Esto no es una tratado económico o social. Ni una proclama. Nacionalismo, asturianismo. Vanguardismo. Cambiemos las palabras, a veces tan manchadas por la Historia, ese campo de guerra del lenguaje. Me da igual.

Pero le debo algo a la tierra que me ha dado de comer. Incluso le debo algo a la tierra que también me ha hecho sufrir. No me llaméis nacionalista, pero llamadme defensor de mi tierra porque eso es llamarme defensor de la riqueza de la humanidad. No se trata de luchar por su conservación: se trata de luchar por su crecimiento, su modernización, su enriquecimiento o su lengua.

En nuestras escuelas no se estudia nuestra Historia de Asturies, ni siquiera para criticarla. Tenemos una lengua a la que muchos asturianos desprecian sin saber que lo hacen porque su pensamiento es el fruto deliberado de una manipulación histórica e ideológica. Nuestras decisiones económicas han de pasar siempre, antes de ser dictadas, por ése cúmulo burocrático de edificios que es el gobierno central de Madrid, centro imperial.

Tenemos la oportunidad única de crear una tierra propia, personal, con pasado pero con la mirada tendida al frente, sin exclusiones –supongo que hasta con los habituales excluyentes que la ignorancia y la maldad produce en todos los sitios-, democrática, capaz de alimentarse de los aciertos y los errores de otras experiencias.

O reaccionamos o moriremos. Si morimos por no reaccionar, nos lo tendremos bien merecido.