Paz para Colombia. ¿Qué pinta el gobierno español?

Arrancó la segunda fase del proceso de negociaciones

25 de ochobre de 2012 DE 2012 • Javier Arjona

Nos recordaba esta semana Martín Médem en Oviedo, poniéndolo de ejemplo de peligrosidad de la política exterior de nuestro gobierno, cómo nadie se ha acordado o ha querido convenir, o incluso ha vetado, al gobierno español en los asuntos relacionados con las iniciales conversaciones de paz para Colombia.

La mención no es gratuita si se consideran eventos similares anteriores, donde España estaba entre el Grupo de Países Amigos: la diplomacia española jugó un rol significativo, agentes del Cesid se reunían con frecuencia con comandantes de las FARC, e incluso una delegación mixta de gobierno colombiano y guerrilla fue recibida al más alto nivel por el gobierno español, el empresariado, el cuerpo diplomático, en Madrid o en Valencia, con alfombras rojas para los comandantes guerrilleros (encabezados por el posteriormente asesinado en Ecuador, Raúl Reyes, supuesto número dos en el mando) cuando el presidente de la Generalitat era Zaplana.

Eso quiere decir que, en efecto, las partes del conflicto confiaron en la mediación española, y en particular no puede dejar de resaltarse el papel comprometido con la paz del diplomático asturiano Yago Pico de Coaña.

Don Yago y otras personas de la diplomacia, jugaron activamente representando a España en procesos de paz centroamericanos, en todos: El Salvador, Nicaragua, Guatemala... Y en la cita selectiva de nombres de embajadores, para esta región nunca podrá omitirse el de Máximo Cajal, sobreviviente del asalto militar a la embajada española en Guatemala, cuando entre las personas masacradas en nuestra sede estaba el padre de la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú..

Don Yago es don Yago, y no todo diplomático tiene igual comportamiento, incluido el salir a recibir en la embajada de Managua a los desastrados y humildes internacionalistas en la década sandinista para ver qué precisaban. Más bien “el cuerpo” se caracteriza por esconderse en los recibimientos oficiales de etiqueta y cócteles donde, por orientación del gobierno, se priorizan absolutamente las relaciones con los empresarios, que, sin ninguna casualidad, suelen ser los que declaran la guerra a los pueblos para mantener o aumentar sus privilegios.

Pero el cuerpo diplomático español, que será en su mayoría conservador, no es exactamente el gobierno al que tienen que obedecer y representar.

Hay formas y existen perspectivas que, desde la diplomacia (pues ese tendría que ser su oficio), se pueden aportar más allá de los supuestos intereses de quienes ostenten el gobierno, y muchos profesionales hay en nuestro país que pueden y deben hacer sus aportes benéficos para favorecer conversaciones cuando las partes en esa tesitura están.

Nuestro gobierno, en cambio, está marcado por sus malos oficios en Colombia, y puede que esa sea la lacra que impide un protagonismo o participación esta vez en los diálogos.

Malos oficios de imitación imprudente de los desatinos de algunos gobernantes colombianos que, como Uribe, con su disposición para la guerra sucia, pusieron a la población civil, y en particular a los defensores/as de derechos humanos, en la mira de los fusiles y las bombas.

Y trasladaron y dejaron hacer esa misma función en territorio español, como muestra el aberrante caso de la persecución a activistas de la paz, http://kaosenlared.net/component/k2... siguiendo indicaciones de la policía política colombiana, y el permitir la pérdida de soberanía que supone el espionaje consentido del criminal cuerpo del DAS en distintos lugares de nuestro estado, como ha sido admitido por los propios espías ahora condenados, y como delibera a largo plazo un juzgado de Madrid .

Es triste que el gobierno español no esté a la altura en un momento en que no parece que vaya a ser fácil lograr la paz en Colombia, pero lo que sí es seguro, guste o no, es que en la mesa están representadas a cabalidad las partes sin intermediarios. Los meros cacaos empresariales que detentan el poder por encima de instituciones, los generales que han estado haciendo las guerras, la más sucia y la en apariencia más “normal”, pero siempre asimétrica, de los bombardeos masivos, a veces contra las guerrillas, pero con más frecuencia contra la población. Y está asumido que el propio presidente Santos ya no es un “capataz de finca” como podía ser Uribe, sino parte tradicional de la oligarquía colombiana causante de la desigualdad extrema y las sucesivas guerras, y por lo mismo con capacidad de decidir, si es que acaso así lo han decidido ya y no es otro ejercicio equivocado de búsqueda de rendiciones.

Y no están en cambio del todo representados los insurgentes: faltan el ELN, sobre todo, y algunas figuras que, por dedicarles esfuerzos a la búsqueda de salidas políticas, fueron eliminados de manera inmisericorde o trasladados tramposamente a cárceles de EEUU.

Lo que salga de ahí está por ver, incluso con la acelerada velocidad que en apariencia adquirió el proceso, velocidad que hasta el presente está impidiendo subirse a otros sectores, populares y decisivos para cualquier consolidación de acuerdos posibles.

El escepticismo tiene bases sólidas en las que afincarse en la larga historia de represión y traiciones en conversaciones anteriores, incluidos asesinados de candidatos presidenciales o exterminio de todo un movimiento político como la UP surgida de un proceso similar.

Las esperanzas parten, como casi siempre, de las gentes organizadas, que aspiran de forma creciente a encontrar espacios para que la injusticia galopante sea contrarrestada, y en esa tesitura las guerrillas, que seguramente han diseñado un camino político firme, tienen un reto mucho mayor de no quebrar expectativas históricas de su guerrillerada y del conjunto del país, anhelante de paz, y por lo mismo también fáciles de engañar por los cacaos si el proceso de nuevo se truncara.