Multiplicar por O

18 de marzu de 2013 DE 2013 • Omar Tuero

Hoy día, vemos que aquello que conocíamos como el país donde vivimos se va a la mierda con gran rapidez; vemos como la agitación social resultante ha reavivado a movimientos sociales que resurgen tras un letargo; y también ha hecho aparecer otros nuevos a partir de la fragmentación del 15-M en diferentes asambleas (algunas poco o nada relacionadas entre sí). También podemos ver como los militantes que las componen, en general están convencidos de la necesidad de crear foros neutrales o puntos de encuentro (“plataformas”, “colectivos” o “coordinadoras”, siempre con algunos apellidos que indican un sector de competencia y una región geográfica), donde esas organizaciones tan diversas, puedan reunirse para debatir e intentar trabajar juntas en persecución de objetivos más ambiciosos que podrían ser alcanzados gracias a la unión de esfuerzos.

Pero por desgracia, también podemos ver cómo frecuentemente la absoluta falta de capacidad para entenderse entre varios de los representantes de esas organizaciones tiende a frustrar el mucho tiempo empleado en esas reuniones entre colectivos, por aquello de las malas relaciones entre sus portavoces (a veces muy malas), o incluso internamente, entre los miembros de cada organización. Una situación que casi siempre se da por motivos típicamente personales, aunque se hable de ellos como si fueran cuestiones ideológicas. Es lo que algunos llaman “la falta de unidad de la izquierda”.

Una situación que a mucha gente le resultará familiar y también triste, porque aún estando convencidos de la necesidad de unirnos, no dejamos de segregarnos y refundarnos en micro partidos y organizaciones cada vez más pequeñas e insignificantes, no dejamos de purgar nuestras organizaciones de indeseables, revisionistas, heterodoxos o simples hijos de puta… (según a quien se pregunte). Lo más triste es que seguimos siendo conscientes de que sin unidad y por nosotros mismos, no podremos alcanzar muchos de los objetivos que nos marcamos.

Las razones más típicas para que se dé esta situación (dejando las diferencias políticas aparte), pueden ser de orden muy variado, pero al final se pueden reducir todas a una (muy sencilla): un exceso de ego, un simple personalismo. Una circunstancia que va siempre unida a una fuerte necesidad de control a la que muchos individuos que se ven afectados por ella, no pueden o no quieren renunciar… y cuando me paro a meditarlo desde varios ángulos, no puedo dejar de encontrarlo como algo del todo normal.

Si para levantar una organización que luche y defienda a un colectivo hacen falta coraje, trabajo, mucha testarudez, espíritu combativo, capacidad de sacrificio y cierta altura moral desde la que poder dirigirnos a los demás (acompañada de una ética y unos principios), resulta absurdo pensar que esas mismas virtudes, que en un momento dado ayudaron a levantar esa organización, pasados los años no se conviertan en un lastre que pueda llevársela al fondo.

Guiados por esas mismas virtudes que les permitieron iniciar su andadura, están seguros de su razón para querer conservar el control a toda costa y mantener su liderazgo aunque sea de un modo enfermizo, estando dispuestos a “morir agarrados a la bandera” sin preocuparse de lo que haya de ser de la organización que dirigen cuando finalmente la abandonen.

Quienes dirigen esas organizaciones, al cabo de los años, siempre han tenido que hacer demasiados sacrificios y esfuerzos, han tenido que emplear demasiado tiempo en su construcción, han elegido renunciar a muchas otras cosas con las que podrían haber llenado su vida, como para simplemente “echarse a un lado”, cuando llega un momento en que se hace evidente que su liderazgo, unido a una red de odios y afinidades personales construida a lo largo de muchos años de militancia, ya no aporta gran cosa a la organización más allá de una menguante estabilidad, y no pueden o no quieren ver que ya solo son un freno, cuya presencia impide que la organización pueda tener paz dentro de sus filas, pueda construir nuevas alianzas con otras similares, pueda abrirse a nuevos sectores de la sociedad. Son un freno a que pueda crecer y evolucionar hacia algo mejor y diferente que permitiría el plantearse objetivos más ambiciosos.

Guiados por esas mismas virtudes que les permitieron iniciar su andadura, están seguros de su razón para querer conservar el control a toda costa y mantener su liderazgo aunque sea de un modo enfermizo, estando dispuestos a “morir agarrados a la bandera” sin preocuparse de lo que haya de ser de la organización que dirigen cuando finalmente la abandonen.

Tal vez sea por eso que hay una miríada de partidos comunistas (con tan “buenas” relaciones entre sí), o grupos políticos nacionalistas que tienen apellidos familiares concretos, organizaciones de parados a cuyo frente no están parados (en varios puntos de Asturies), o foros ciudadanos con más de un “siglo” de historia y gran presencia institucional donde ya solo militan media docena de personas. Es simple condición humana, a la derecha también le pasa últimamente (aunque menos).

Parte de este problema, viene de la falta de previsión, de nuestro propio adanismo, de no reconocer nuestras limitaciones ni ser capaces de asumir que, igual que cuando se crea una organización se la dota de una serie de estatutos que regulen su funcionamiento, también debería dotársela de una serie de normas que regulen cómo y bajo qué circunstancias debería ser disuelta (ya sea por haber alcanzado sus objetivos o por verse en una situación que la impide definitivamente el alcanzarlos). ¿Cuántos militantes conocen a fondo los estatutos de sus organizaciones?

Con el paso del tiempo, algunas se quedan en letargo y otras parecen desaparecer, aunque siempre hay quien se queda con las siglas, los documentos y las actas, a la espera de que llegue el momento de hacerlas resucitar con vigor, llenándolas de caras nuevas, “viejas tradiciones” y un nuevo propósito que perseguir. Tal vez sea esa la razón por la que desde hace varios meses se ha visto a militantes tanto del PSOE (muy tímidamente), como de IU (que han estado entrando a saco), “recuperando la calle” y acercándose a muchos de los viejos y nuevos chiringuitos sociales de propiedad algo dudosa (mientras tarareaban mentalmente aquello de ”seré tu amante bandido”).

Así, acaba el espectro de los movimientos sociales lleno de carcasas vacías… primero de contenido y posteriormente de militantes, carcasas que ocasionalmente conservan una fachada de vigor y en ocasiones una respetabilidad que otorgan los años y que se niegan a desaparecer con la excusa de que “aún queda mucho por hacer”, carcasas que, aun estando en franca decadencia, sí que suelen disponer de recursos suficientes para disputar el terreno de la acción social a grupos similares, mas jóvenes y vitales, que tienen otro modo de funcionar y (claro está), otros protagonistas, secuestrando de forma efectiva la acción en la calle.

Hace poco, en una reunión de varias de estas organizaciones que podrían situarse a la perfección dentro de la temática que aquí se trata, una de las personas que intervino se refirió a esa circunstancia (con gran acierto), afirmando que al mostrar ciertas formas de proceder, más que sumar “parecía que multiplicábamos por 0”.

Desgraciadamente, no podría estar más de acuerdo.