Los que no miraron al mar (1/2)

Higinio Carrocera y Emilio García, dos semblanzas

29 de ochobre de 2012 DE 2012 • Glayiu

El Atenéu obreru de Xixón acaba de publicar ’Dos líderes obreros asturianos en 1936. Vida y muerte de Higinio Carrocera Mortera y Emilio García García’, dentro de su colección Los folletos del Ateneo. La publicación corre a cargo de Leonardo Borque, que recupera un texto de 1941 de la CNT en el exilio sobre el ’héroe del Mazucu’, y cuenta con un artículo de Boni Ortiz, que realiza una semblanza del padre de José Luis García Rúa.

Editado por el Subcomité regional en el Exilio de la
Confederación regional del Trabajo de Asturias
León y Palencia, 1941.

EL DÍA 8 de mayo de 1938, una descarga de fusilería, seguida del consabido tiro de gracia, acabó con la vida del anarcosindicalista asturiano Higino Carrocera Mortera (...) Los que conocimos y tratamos a Carrrocera, unos desde la más tierna infancia, como compañero de escuela, juegos y travesuras, y otros desde que su amplia sed de justicia social lo condujo al Sindicato, su asesinato significaba la desaparición de un hombre que dedicó sus mayores afanes y sus mayores energías al logro de una sociedad libertaria.

LA FELGUERA

La Felguera es, sin duda alguna, el pueblo más acogedor de Asturias. Rodeado de montañas, en su mayor parte horadadas por los llamados topos humanos; semicubierta durante el día por los penachos de humo que al aire lanzan las chimeneas de sus variadas industrias, e iluminada durante la noche por el resplandor de sus Altos Hornos, a cuyas boxeas se han agostado ya varias generaciones, La Felguera es el símbolo más elocuente del esfuerzo manual y técnico en pos de la conquista del pan y del progreso.

Sabido es que las grandes convulsiones sociales son consecuencia, principalmente, de las necesidades económicas de las masas en estrecho contacto con minorías idealistas. Pues bien, en La Felguera no hay masas, si por masa entendemos la frase de Ortega. La clase trabajadora felguerina, salvo muy raras excepciones, es respetuosa y tolerante con los criterios ajenos, y expone y defiende los suyos con razonamientos unas veces, con la gallarda valentía de los titanes, otras.

Desde los tiempos más remotos, el hombre se ha esforzado siempre por conquistar cuanto se le había arrebatado en virtud de la fuerza o del engaño (...) en La Felguera se ha incubado una de las secciones más puras con que el anarcosindicalismo español contó y cuenta en España. Dicho incubamiento, individualista al principio y después colectivo, culminó y adquirió su total desarrollo con la construcción de lo que se llamó Centro Obrero “La Justicia” (...) De líneas sencillas, como sencillo es todo lo felguerino, y sin que ningún estilo arquitectónico se pueda jactar de estar presentado en el Centro Obrero “La Justicia”, desde los cimientos hasta la última teja ha sido construido con el sudor y sacrificio económico de aquellos primeros anarcosindicalistas que supieron crear el centro recreativo y cultural necesario a sus anhelos divulgadores de las ideas sustentadas.

Cuando el año 1911 quedó constituida la Confederación Nacional del Trabajo (C. N. T.), los Sindicatos del Centro Obrero “La Justicia” no titubearon ni un momento en adherirse a dicha organización, constituyendo, desde entonces, uno de los eficientes baluartes de la C. N. T.

Uno de los que más contribuyó y más expuso, dando muestras de un valor rayano en la temeridad y entusiasmo sin límites, bien patentizado en el movimiento revolucionario de octubre de 1934, levantamiento de Galán y García Hernández y en otros hechos huelguísticos locales, fue Higinio Carrocera Mortera. Nació el mes de enero de 1908 en el pueblo de Barros, del concejo de Langreo (Asturias). Hijo de un matrimonio obrero, con algunas propiedades de labrantío, como casi todas las familias del pueblo.

Cumplidos los trece años, falleció su padre. Al faltar éste, y siendo cinco hermanos -él era el segundo- , la familia no tuvo más remedio que pensar en allegar recursos con que atender al sostenimiento del hogar. Con la intervención de un vecino y amigo de la casa, Higinio comenzó a trabajar en los talleres de laminación de la Sociedad Metalúrgica Duro – Felguera, en cuya plantilla figuró hasta la declaración de la guerra civil española.

Debido a que ya desde tan corta edad se vio obligado a trabajar, su cultura era elementalísima. Mas llegado a la adolescencia, empezó a sentir gran afición por la lectura y el estudio, siendo de su predilección las obras de los grandes librepensadores (...) Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Reclús, Engels, Marx, Tolstoi, Proudhon, Anselmo Lorenzo, Ricardo Mella, entre otros, fueron sus predilectos autores y contribuyentes, con sus obras, a su perfilación [sic] como anarcosindicalista, consciente, sensato y razonador. Por otra parte, la tendencia revolucionaria que en todo momento caracterizó a los elementos obreros de La Felguera, también influyó en su formación ideológica (...) La dictadura del general Primo de Rivera, con sus persecuciones e injusticias, acabó de convertirlo [sic] en uno de los elementos más efectivos del anarcosindicalismo asturiano.

Cuando el 12 de diciembre de 1931 los capitanes Galán y García Hernández se sublevaron en Jaca, sostuvo diversos tiroteos, junto con otros militantes de La Felguera, con la guardia civil de Sama de Langreo (...) Este hecho fue, pudiéramos decir, su bautismo de fuego y su bautismo represivo, ya que desde entonces, hasta su asesinato, participó en cuantas huelgas revolucionarias hubo en La Felguera, cuenca del Nalón y resto de Asturias, sufriendo persecución y encarcelamiento no pocas veces.

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Durante el tiempo que duró la guerra civil en Asturias, salvo en dos ocasiones que se vio obligado a hospitalizarse, aunque por fortuna sus heridas no fueron de gravedad, trajo en continuo jaque al enemigo, atacando o defendiendo, según aconsejaran las circunstancias. En la rendición de los cuarteles de la guardia civil de La Felguera y cuarteles militares de Zapadores y Simancas de Gijón, en los frentes de las montañas de Pravia, Cornellana, La Espina, Monte de los Pinos, Mazuco, etc., donde estuvo al frente de sus grupos o sus batallones, dejó constancia de su valor, de su coraje, de su capacidad guerrera y de sus dotes de conductor de masas (...) Si las botas de cualquiera de sus hombres estaban deterioradas y no había repuesto, rápidamente descalzaba las suyas y se las entregaba. Si a otro le faltaba la guerrera, la cazadora o cualquier otra prenda, Carrocera era el primero en poner la suya a disposición del necesitado. ¿Quien, pues, podía tener fuerza moral para rechazar cualquier consejo suyo? Su nombre, muchas veces citado en los partes de guerra y en la prensa, jamás será olvidado. ¡Cuántos le han visto llorar de rabia o impotencia al retirarse de una posición obligado por la abrumadora superioridad numérica y en armas del enemigo! ¡Con cuánto denuedo y desprecio a su propia vida defendió siempre el terreno conquistado!

Durante tres días el Mazuco estuvo sometido al más intenso fuego. Barcos de guerra, aviación, artillería de corto y largo alcance, dirigían su mortífera carga hacia la posición defendida por la brigada de Carrocera. Las bajas se multiplicaban. Escaseaban las municiones. El suministro se hacía difícil, casi imposible. La palabra abandono corría de boca en boca. Pero Carrocera estaba allí, junto a sus hombre compartiendo con ellos el peligro, siendo uno más en la lucha activa, yendo de un lado para otro, animando al pusilánime, atendiendo al herido, diciendo a todos que la noche se aproximaba, y como durante ella los ataques enemigos no eran tan crudos ni sanguinarios, ¡quién sabe si al día siguiente…! ¡Pobre Carrrocera: confiaba, como confiábamos todos en aquel tiempo en el Comité de No Intervención, en las democracias, en la cuna del proletariado, en tantos factores que sólo nos sirvieron para ser carne de cañón, para explotarnos a cambio de armas anticuadas, para convertirnos en cobayos de sus conveniencias…! Tres veces, una cada día, el enemigo, cantando el “Cara al Sol” y creyendo que la metralla había dejado expedito el camino, avanzó monte arriba. Y otras tantas, Carrocera puso de manifiesto su arrojo, su temeraria valentía. Cuando las fuerzas fascista menos los esperaban, salían Carrocera y sus hombres de las trincheras y, lanzándose monte abajo a pecho descubierto, arrojando cada uno lo que podía: piedras, cajas vacías de municiones, todo menos balas, porque éstas había que reservarlas, hacían huir a las tropas enemigas. Hasta que llegó lo inevitable. Ni un momento más se podía resistir aquel martilleo incesante de la artillería, de la aviación, de la marina fascista internacional… Carrocera se dispuso entonces a evacuar las posiciones que con tanto ardor y valentía había defendido su brigada. Pero hasta que el último de sus soldados no abandonó el puesto que con tanto arrojo había defendido, no inició su propia retirada. Después… La condecoración más alta que podía recibir, porque se la dieron los mismos que con él habían efectuado tan epopéyica resistencia: Héroes del Mazuco.

La noche del 20 al 21 de octubre de 1937 será recordada siempre por todos los antifascistas asturianos y por los que, sin serlo, se encontraban en Asturias luchando. No es nuestro intento relatar lo ocurrido en aquellos trágicos instantes, porque para ello necesitaríamos de tiempo y espacio, y aquí sólo se trata de rendir el homenaje póstumo que debíamos a Higinio Carrocera Mortera; por eso seguiremos la narración en cuanto su nexo directo con la personalidad del Héroe del Mazuco.

En los frentes de batalla se hallaba Carrocera cuando ya muchos barcos repletos de combatientes y elementos responsables en organismos de retaguardia se habían hecho a la mar en busca de la salvación.

Carrocera fue de los últimos en embarcar, y más que embarcar diríamos que le obligaron a ello, pues al haber sitio para todos, se negaba tozudamente a poner pies en el “Llodio”, demostrando, con su actitud, una vez más, que si era el primero ante el peligro, sabía ser el último ante la problemática salvación (...) El barco de carga donde embarcó -ya dijimos que el “Llodio”- fue capturado el día 21 de octubre de 1937 por los navíos de guerra italianos que en aquellos momentos infestaban el Cantábrico, haciéndose pasar por españoles.

Conducido a Ferrol y de allí a Coruña, lo desembarcaron en Muros de Noya, bahía de Concurbión, el día 4 de noviembre de 1937 y lo internaron en el campo de concentración de “Romani” (...) El citado 8 de mayo de 1938 se acabó la vida del joven (Treinta y ocho años recién cumplidos) [sic] luchador extraordinario y noble Higinio Carrocera Mortera, que prefirió la muerte antes que traicionar a sus ideales, rechazando, con repugnancia y orgullo varonil, la proposición que pudo salvarlo.

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