Las cosas claras

7 de xineru de 2013 DE 2013 • Pedro Pablo Bazán

Leo artículos por estas lindes y escucho comentarios por todas partes sobre cómo parar la nueva tanda de ataques a la clase obrera: que es necesario concretar y articular propuestas (“batallas concretas”) dicen unos, que es necesaria una unidad, que debemos confluir en torno a nuevas formaciones políticas afirman otros, etc. Sugerencias o proclamas todas ellas de carácter socialdemócrata o peor aún: “ciudadanista”. Esa parece ser la vía para la solución de nuestros problemas (los del proletariado entiendo yo, no los de “la mayoría de la población” aunque pueda ser que las dos cosas coincidan): la socialdemocracia. Que a estas alturas de la película todavía pensemos que metiendo un papel en una caja solucionamos algo…

el Estado del bienestar, concepto creado y puesto en práctica por primera vez por Bismarck en Alemania y que “disfrutamos” en España gracias al general Franco, es ahora el objeto de defensa de la mayoría de movimientos sociales y de izquierda. Yo desde luego no tengo como objetivo mantener y/o aumentar ningún estado del bienestar, así que poca unidad habrá si de lo que se trata es de eso

Algunos continúan dando la lata con la consigna de Marx y Engels de que las organizaciones obreras (los sindicatos, aunque en aquella época aun no se denominaran con ese vocablo) deben fundar partidos políticos con los que participar de la política burguesa (estatal y por tanto capitalista) para ver realizados sus objetivos de transformación social (el socialismo); que los sindicatos son sólo organizaciones para la defensa de situaciones concretas de problemática laboral y que deben desembocar en partidos políticos para transformar la sociedad. Estupefacto me quedo al leer tales afirmaciones, ¿será que la historia no nos ha dado ya suficientes ejemplos de adonde nos lleva esa táctica? La socialdemocracia no funciona, no sirve a los intereses de la clase trabajadora, siempre acaba convertida (cuando no nace como tal) en un instrumento del poder político-económico (el estado en todas sus formas) para despistar y confundir a la clase trabajadora, para domesticarla, para sedarla con espejismos como el estado del bienestar, concepto creado y puesto en práctica por primera vez por Bismarck en Alemania y que “disfrutamos” en España gracias al general Franco. Estado del bienestar que es ahora el objeto de defensa de la mayoría de movimientos sociales y de izquierda. Yo desde luego no tengo como objetivo mantener y/o aumentar ningún estado del bienestar, así que poca unidad habrá si de lo que se trata es de eso.

En España la consigna lanzada por Marx y Engels no se siguió, y el movimiento obrero continuó fiel a sus principios (formando sindicatos independientes de formaciones o consignas políticas, lo que desembocó en la fundación de la CNT) y haciendo caso omiso a los popes del Consejo General de la AIT; eso explica porque en España los sindicatos no formaron partidos políticos socialistas como en el resto de la Europa occidental sino que fue al revés, los pocos que siguieron la consigna del Consejo General de la AIT: Iglesias y compañía, fundaron el PSOE que más tarde dio lugar a la UGT. El caso se repitió más tarde cuando fue el PCE el que creó (por orden de Stalin por cierto) las CCOO (aunque en su origen no fuesen exactamente un sindicato del PCE acabaron convertidas en eso), como forma de entrismo en el estado Franquista, animando a presentarse y participar a los obreros en las elecciones sindicales, allanando el camino para poder participar ellos en unas elecciones políticas.

El caso español me sirve de ejemplo para demostrar cual es el camino a seguir si de verdad queremos una profunda transformación social, un cambio radical, esto es, de raíz, que arranque la podredumbre de esta sociedad y cree una nueva. Porque ese es a mi entender el camino a seguir, el sistema actual ni es “parcheable” ni admite reformas, es un sistema hostil al proletariado y hay que acabar con él; no caben medias tintas.

Ese camino es el que siguió la clase obrera española hasta la tan admirada “Transición” de los primeros años de la segunda restauración borbónica: el camino de la Revolución Social, el camino que no confía en partidos políticos o en organizaciones verticales, el camino de no delegar, de ser protagonistas de nuestras vidas, el camino de no usar urnas para construir nuestro futuro, el camino de construirlo con nuestras propias manos.

Son precisamente todas las formaciones políticas o movimientos sociales que se engloban dentro de la socialdemocracia, más o menos radicales pero socialdemócratas al fin y al cabo, los primeros interesados en ocultar la realidad histórica de un país donde la clase obrera conquistó sus derechos de espaldas al parlamentarismo y donde los perdió (y sigue perdiendo) inmersos en él. Un país donde el obrero (olvidándose de su conciencia de clase, fin último de la “Transición”) se ha convertido en ciudadano y así somos todos ciudadanos: Rodrigo Rato, Javier Fernández, Iñaqui Urdangarín, Ignacio Fernández Toxo, Carmen Rodríguez cajera del Alimerka y yo. Todos iguales sobre el papel, y para diferenciarnos hablamos de porcentajes: el 99% frente al 1%, la mayoría de la población, etc. Parece ser que los que seguimos llamando a las cosas por su nombre somos unos anticuados y ya se sabe: ‘Il faut être absolument moderne’.

A éstos socialdemócratas de tapadillo no les interesa recordar cómo se implantó la jornada de 40 horas semanales de trabajo (primero en Barcelona y luego en el resto del estado), ni la de 35 horas (en Sevilla y que no se pudo extender por coincidir con la sublevación del 18 de julio), ni la de 30 horas que llegó a ser efectiva en amplias zonas del país. No hace falta irse muy lejos para conocer ejemplos, los que estudian la Historia de la mano del Estado y se definen por un título académico también se pueden detener a estudiar como se consiguió acabar con el paro obrero en Gijón y como todo trabajador tenía sus necesidades básicas (casa, comida y ropa) cubiertas, por mucho que de aquella se llevaran las manos a la cabeza los socialdemócratas por entender que las cosas estaban yendo “muy lejos” (Azaña y sus republicanos, PSOE/UGT y PCE de la mano, etc.). Ahí tenéis un ejemplo concreto y cercano, estudiadlo y sacad vuestras propias conclusiones.

Los amigos de que el estado crezca (de manera contraria a los liberales pero que crezca) y se ocupe de todos los aspectos de la vida de los seres humanos no se quieren acordar de cómo se crearon los primeros seguros por enfermedad, por jubilación, por invalidez; la entonces denominada “semana inglesa” o de como se llegó a cambios tan profundos y radicales que hoy parecerían fantasía a muchos, todo ello lejos de la maquinaría del estado por cierto, que no era éste el que los otorgaba y siempre acababa actuando ante hechos consumados.

No fue a través de la socialdemocracia, no fue a través de movimientos “ciudadanistas”, no fue fundando partidos políticos, no fue presentando programas electorales cargados de buenas intenciones para decir veinte años después: yo ya lo había propuesto hace mucho; fue organizándose a través de sindicatos independientes de cualquier poder o formación política; fue el sindicato, la organización obrera por excelencia, la que demostró ser la mejor herramienta de cambio, la que se dejó de proclamas y cantos al viento y se puso a hacer, a realizar, a concretar.

Por lo tanto mirar con envidia a nuestros vecinos (españoles o griegos tanto da) porque consiguen juntarse y sacar unos diputados en un parlamento daría risa sino fuera porque la dramática situación que estamos viviendo (los obreros) no nos da para cachondeos.

Oigo glosar los méritos del movimiento 15M, un movimiento que no ha hecho más que hacernos recordar que en nuestros genes la esencia libertaria sigue presente, que la organización horizontal, entre iguales, es la mejor manera de luchar por lo que se quiere.

Pero mucho recorrido le queda al movimiento si de verdad quiere cambiar profundamente algo, no nos engañemos, parar unos cuantos desahucios son pequeñas victorias, pero es una derrota que la mayoría de ellos se sigan llevando a cabo, que aun no todos tengamos derecho a una vivienda (sin hipoteca), etc. Todavía le queda definirse como movimiento, dejar unas cuantas cosas claras. Algunas asambleas o grupos de trabajo ya lo han hecho, otros siguen inmersos en ese abstracto que es el “ciudadanismo”, el “99%”, el “no somos de derechas ni de izquierdas”, el “no somos reformistas ni revolucionarios” sólo queremos volver a como estábamos hace 10 años (económicamente supongo que será porque seguir siguen viviendo en la ignorancia). Continúan con la mentalidad de un niño que escribe una carta a los “Reyes Magos”: que no haya paro, que no haya desahucios, que la seguridad social me lo cubra todo, que me sigan pagando los estudios universitarios, que… Mucho les queda por aprender de ejemplos históricos como la huelga de alquileres de los años 30 en Barcelona o de la Revolución Social del 19 de julio.

También oigo alabar a las diferentes “mareas”: blancas, verdes, negras, etc. que no son más que movimientos de defensa del anteriormente mencionado “Estado del bienestar”. Es necesario distinguir entre lo público y lo estatal, que no son la misma cosa, y estas “mareas” sólo pretenden que la maquinaria estatal siga alimentando directamente sus bolsillos, que no sean empresas privadas sino la gran empresa que es el Estado Español (con las diferentes administraciones que emanan de él) el que siga rigiendo sus destinos. No se lucha por una sanidad o una enseñanza verdaderamente públicas sino porque sigan siendo estatales, porque vuelvan a tener el tamaño que tenían (o mayor) en tiempos del Caudillo, padre de todas ellas. Son por tanto mareas conservadoras, reaccionarias al fin, de las que a la pregunta de Vázquez Montalbán: ¿Contra Franco vivíamos mejor? contestarían que sí.

No puedo evitar pararme a mencionar aquí y ahora ese gran movimiento de lucha por lo “público” que son los “viernes negros” donde los funcionarios utilizan sus treinta minutos de pausa remunerada a media mañana (la famosa “pausa del café”) para salir a la calle a concentrarse; así nos va…

Por lo tanto y para que no se me acuse de hacerme “pajas mentales” voy a terminar intentando ser muy claro: la clase obrera tiene que recuperar su conciencia de clase y dejarse de tonterías de ciudadanismos o clases medias, establecer unos objetivos como tal clase, que no pueden ser otros que los de realizar transformaciones radicales; tiene que provocar y realizar un profundo cambio en esta sociedad (cambio que empieza en nuestras mentes), tiene que repudiar a la socialdemocracia como método para conseguirlo (dejarse de intentarlo otra vez con unas nuevas siglas), tiene que aprender de su historia como clase, tiene que conocer, estudiar y analizar lo hecho hasta ahora para no repetir errores, tiene que experimentar y sacar conclusiones y tiene que elegir cual es la mejor herramienta para ello, cuál es la mejor forma de organizarse para conseguir su objetivo (que no puede ser otro que la Revolución Social si lo que se pretende es acabar con los ataques del estado-capital ó 1% como por lo visto se llama ahora).

Si somos clase trabajadora es porque una cosa nos define: tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo para subsistir, ello nos hace a todos los obreros iguales y nos distingue de otros ciudadanos, y la mejor forma de organizarse entre iguales es la organización horizontal, que en el caso de la clase obrera ha sido y seguirá siendo (mientras nadie demuestre otra forma más eficaz) el sindicalismo revolucionario: aquel que tiene como principios la autogestión, la horizontalidad, el federalismo, la solidaridad y el apoyo mutuo; como tácticas la no delegación, es decir, la acción directa y como fin la Revolución Social.