El sueño de la razón produce software educativo

5 de payares de 2012 DE 2012 • Xandru Fernández

Hay una vieja pregunta kantiana, tan vieja como de 1798, que plantea “si el género humano se halla en progreso constante hacia mejor”. La respuesta de Kant es inequívocamente afirmativa, y polémica frente al agorero terrorismo moral (la expresión es suya) de quienes ven en la historia de la humanidad un trayecto degenerativo de calamidad en calamidad. La historia de la legislación española en materia de educación no es precisamente la historia universal, ni mucho menos, pero cualquier kantiano podría columpiarse tranquilamente en sus ramas, al menos hasta hace unos meses. Espigando esos ramilletes retóricos con los que se abren las leyes, sus preámbulos, se observa no solo una correspondencia entre cada ley y la sociedad que la alumbró, sino también algún que otro indicio de que esta última progresaba adecuadamente hacia mejor.

Así, la Ley General de Educación de 1970, comúnmente conocida como Ley Villar Palasí, depositaba sobre las espaldas del sistema educativo, según el molde de la retórica franquista y no sin cierto deje de fastidio o pereza, tanto la misión de proporcionar a la sociedad un numeroso ejército de profesionales bien formados como “la conservación y el enriquecimiento de la cultura nacional, el progreso científico y técnico, la necesidad de capacitar al individuo para afrontar con eficacia las nuevas situaciones que le deparará el ritmo acelerado del mundo contemporáneo y la urgencia de contribuir a la edificación de una sociedad más justa”. El legislador reconoce que es mucha agua para tan poco molino, pero no se ahorra ni lo de la sociedad más justa, lo cual, pronunciado el mismo año del Proceso de Burgos, no deja de sonar a sarcasmo.

Veinte años más tarde, la LOGSE venía a erigirse en símbolo de la definitiva supresión del colectivismo franquista, y ya de paso de cualquier clase de colectivismo, proponiendo un modelo educativo más acorde con la España del individualismo post movida madrileña: “El objetivo primero y fundamental de la educación es el de proporcionar a los niños y a las niñas, a los jóvenes de uno y otro sexo, una formación plena que les permita conformar su propia y esencial identidad, así como construir una concepción de la realidad que integre a la vez el conocimiento y la valoración ética y moral de la misma. Tal formación plena ha de ir dirigida al desarrollo de su capacidad para ejercer, de manera critica y en una sociedad axiológicamente plural, la libertad, la tolerancia y la solidaridad”. Se ha producido un desplazamiento conceptual muy profundo: el individuo ya no es una entidad que requiera ser “capacitada” para afrontar nuevas situaciones, sino una identidad en construcción, capaz de valorar cuanto le circunda. Dicho sea de paso, ese énfasis en la ética y la moral no pasó de la retórica, al menos en un primer momento (se generalizó la enseñanza de la asignatura de Ética, hasta entonces alternativa a la de Religión, pero se juzgó innecesario adscribirla a un profesorado especialista, habilitando a los profesores de Geografía e Historia para impartirla). Por lo demás, y como si se tratara de un corolario inevitable a la extensión de la escolarización obligatoria hasta los dieciséis años, se redujo considerablemente la enseñanza de la filosofía y la cultura clásica, exteriorizando así un desprecio latente en la sociedad hacia las humanidades y hacia cualquier contenido no comestible, pero manifestando de igual modo una imperdonable desconfianza hacia las capacidades intelectuales de aquellos jóvenes de uno y otro sexo a quienes se aspiraba a formar.

A la derecha aznarista no le pasó desapercibida esa doble tendencia, positivista e individualista, de la LOGSE. Corregirla, en cambio, no era nada sencillo, pues la intelectualidad liberal-conservadora y tardofalangista que se hizo con el timón del Estado a finales de los años noventa comulgaba en el fondo con aquella exaltación del individuo autónomo y emprendedor que la socialdemocracia había recreado a partir de ciertas ideas habermasianas y de cuatro o cinco recomendaciones de la OCDE. Ahora bien, estaban las esencias, las nacionales (amenazadas por la pulsión centrífuga de los nacionalismos periféricos) y las europeas (cuestionadas por la inmigración y el envite a la grande del Islam). Había, pues, que forzar un equilibrio, y es así, con la exaltación de ese equilibrio, como empieza la LOCE: “El logro de una educación de calidad para todos, que es el objetivo esencial de la presente Ley, es un fin cuyas raíces se encuentran en los valores humanistas propios de nuestra tradición cultural europea. Y además, constituye, en el momento presente, un instrumento imprescindible para un mejor ejercicio de la libertad individual, para la realización personal, para el logro de cotas más elevadas de progreso social y económico y para conciliar, en fin, el bienestar individual y el bienestar social”.

La LOCE fue breve, pero la siguiente reforma educativa, emprendida por el PSOE tras su regreso al poder y plasmada en la LOE, aún en vigor en la actualidad, no fue inmune a su embrujo equilibrista y ya desde su preámbulo proponía un ideal conciliador entre el individuo y la sociedad, entre la calidad y la equidad, restaurando el ideal constructivista de la LOGSE (“… construir su personalidad, desarrollar al máximo sus capacidades, conformar su propia identidad personal y configurar su comprensión de la realidad, integrando la dimensión cognoscitiva, la afectiva y la axiológica”) pero sin renunciar a “transmitir y, al mismo tiempo, [de] renovar la cultura y el acervo de conocimientos y valores que la sustentan, [de] extraer las máximas posibilidades de sus fuentes de riqueza, [de] fomentar la convivencia democrática y el respeto a las diferencias individuales, [de] promover la solidaridad y evitar la discriminación, con el objetivo fundamental de lograr la necesaria cohesión social”. Superación dialéctica, que se dice. Si ya no la humanidad, al menos la legislación educativa progresaba hacia mejor, aunque a paso de tortuga.

Todo para nada, suponiendo que el terrorismo moral del gobierno de Rajoy esté aquí para quedarse. Las milicas intelectuales comandadas por el ministro Wert, sin pararse en barras, han dado al traste con todo: con el justicialismo franquista, con el constructivismo felipista, con el humanismo aznarista y con el holismo zapaterista. En su lugar, han abordado el sistema educativo español como si se tratara de una planta de procesamiento de residuos químicos, le han acoplado un plan de ahorro energético, y el resultado es esto: “La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global”. Se acabó lo que se daba: aquí, ni progreso científico y técnico, ni valoración ética y moral, ni tradición humanista, ni cohesión social: aquí, en cambio, competitividad y cualificación, crecimiento económico y mercado global. Con estos planteamientos, nuestros arcontes se han quedado cortos: en el anteproyecto aún figuran algunas reminiscencias ilustradas, bien que muy rebajadas de tono e intensidad, excrecencias inútiles como las matemáticas o la música, de todo punto obsoletas ahora que existen el Excel y el Auto-Tune. Se espera y se teme que antes de su implantación todo el currículo quede reducido a las verdaderas dimensiones del reto educativo según Wert: cómo hacer un PowerPoint para vender preferentes.