El MIEDO

30 de mayu de 2013 DE 2013 • Juan Pastor

Kurtz definió el capitalismo colonial con una palabra: horror. Benito Soares, por su parte, definió la sociedad moderna en la que vivió con otra palabra: tedio. Yo, aunque no soy ni Conrad ni Pessoa, propongo otra palabra para explicarnos nuestro mundo: miedo.

  • Miedo a la revolución

¿Cómo no me va a interesar el miedo, si mi propia disciplina surge del miedo? Detengámonos mínimamente en esta cuestión.
El capitalismo industrial (de producción) exige capitalistas y mano de obra, lo que se consigue privatizando (expropiando) las tierras comunales. El capitalismo se asienta, pues, en la destrucción de las comunidades rurales autónomas, de su tejido social y de sus formas de subsistencia, lo que impide a la población, fundamentalmente campesina, sobrevivir al margen del mercado de trabajo, con lo que a este individuo sólo le queda una salida: ir a la ciudad, con una mano delante y otra detrás, a alquilar su fuerza de trabajo. El capitalismo arrebata a la población los medios de producción, con lo que esta se proletariza masivamente, convirtiéndose en mercancía. Se rompen los vínculos comunitarios y sólo permanecen los vínculos monetarios, con lo que el sujeto explotado se transforma en objeto (alienación).
A finales del siglo XIX los obreros, hacinados en fábricas y en barrios proletarios, comienzan a tomar “conciencia colectiva” (“conciencia de clase” en lenguaje marxista), esto es, toman conciencia de que están formando un colectivo (una “clase”), lo que les lleva a unirse y organizarse (cajas de resistencia, partidos políticos, sindicatos…), desarrollando las primeras “acciones colectivas” (huelgas, manifestaciones). El colectivo de los trabajadores toma las calles para reivindicar unas condiciones dignas de trabajo y vida, lo que genera un conflicto colectivo (“lucha de clases” en lenguaje marxista) entre los burgueses capitalistas y los obreros proletarios (donde hay intereses, hay siempre conflicto de intereses, pues los intereses de un colectivo se enfrentan con los intereses de otro).
El discurso de la revolución, un discurso por entonces creíble tanto para capitalistas como para proletarios, actúa como combustible de unas recién emancipadas masas trabajadoras que generan un extraordinario miedo en los capitalistas (los obreros creen que lo pueden ganar todo y los burgueses creen, de igual manera, que pueden perderlo todo). Lo que unos temen y otros desean no es otra cosa que una revolución que arrebate los medios de producción a los capitalistas para dárselo a los trabajadores.
La burguesía reacciona desarrollando distintas tecnologías para controlar a estas masas, y una de estas tecnologías será la Psicología Social, pues es en esta época cuando se están desarrollando las “ciencias sociales” como disciplinas científicoacadémicas. Se asume entonces la pertinencia, más bien la necesidad, de crear una disciplina, en los dos sentidos de la palabra, que estudie la conducta de unas masas violentas y peligrosas que hay que conocer… para poder controlar y gobernar.
Esta es, brevísimamente, la historia del nacimiento de la Psicología Social, una disciplina que surge en respuesta al miedo que genera en el colectivo de los capitalistas estas masas proletarias (no se estudian las masas por erudición sino por miedo; el interés por las masas no es científico sino político); disciplina que surge, además, con una evidente intención reaccionaria al servicio del poder: estudiemos las masas para poder entenderlas y controlarlas, manteniendo así el orden socioestructural que hemos establecido.

  • Miedo a la libertad.1 (miedo a nuestra propia libertad)

La primera mitad del siglo XX estuvo marcada por lo que el psicólogo social freudomarxista Erich Fromm denominó “miedo a la libertad”. En efecto, la muerte de Dios por la autoconciencia individual, así como la desaparición de la comunidad propia del Antiguo Régimen por el capitalismo industrial (la comunidad es sustituida primero por la clase social y luego por la “sociedad de masas”) suponen una pérdida de seguridad que nos lleva, según Fromm, al miedo a la libertad (individual), que acaso no sea otra cosa que miedo a la incertidumbre, cuando no miedo al rechazo, al aislamiento y a la soledad. Este miedo a la libertad (lo nuevo suele dar miedo) lleva a muchos individuos, concretamente aquellos con una “personalidad autoritaria”, a preferir seguridad a libertad, lo que a su vez les lleva a buscar la seguridad perdida (Dios, la comunidad) tanto en Estados/líderes autoritarios (Hitler) como en la sociedad de masas/consumo. Evidentemente, esa seguridad se logra a costa de perder grados de libertad. Pero no sólo se pierde libertad, sino también responsabilidad, el precio de la libertad, la otra cara de esta.
La Psicología Social ha mostrado, ampliamente, los terribles efectos del miedo a nuestra libertad: la conformidad (Asch), la normalización (Sheriff), la obediencia a la autoridad (Milgram y su famoso experimento de las descargas eléctricas), la desindividualización (Zimbardo y su no menos famoso experimento en la cárcel abandonada de Stanford) y la difusión de responsabilidad (Darley y Latané). Recordemos que Adolf Eichmann, principal impulsor de la “solución final”, reconoció en 1961, delante del tribunal que lo juzgaba, que su único delito había sido la obediencia, la sumisión a su tarea, que se tuviera en cuenta que había obedecido, no a quién había obedecido ni qué había obedecido, y que para el régimen nazi la obediencia se había erigido en virtud. Ciento ochenta y siete millones de personas han muerto violentamente el pasado siglo XX; pues bien, la inmensa mayoría murieron a manos de personas que no eran ni violentas ni crueles, sino sencillamente autoritarias, tanto en su dimensión sádica (los fanáticos que dan las órdenes) como en su dimensión masoquista (los sumisos que obedecen), las dos caras de la “personalidad autoritaria”. Si algo nos han dejado los estudios sobre el autoritarismo es que hay que temer más a la persona que obedece que a la que no lo hace, que el mal no siempre procede de quienes rompen el orden social sino a menudo del propio orden: personas obedientes y sumisas dispuestas a disolver, como un azucarillo, su conciencia ética y su responsabilidad individual. Afortunadamente, no todos actuamos de la misma manera en las mismas circunstancias. La mayoría de los alemanes (los normales y ordinarios) cooperaron con Hitler; pero algunos (los mejores, los extraordinarios) no lo hicieron, pues fueron lo suficientemente prepotentes, y valientes, no lo olvidemos, para imponer su conciencia ética individual a la conformidad a la mayoría, la obediencia a la autoridad, la desindividualización, la despersonalización del otro (que deja de ser un alter ego, una persona como nosotros, para convertirse en una cosa, un objeto, una mercancía, un miembro del ejército enemigo) y la difusión de responsabilidad (al disolver nuestra conciencia y responsabilidad individual, dejamos de concebirnos como un todo individual y autónomo para concebirnos como partes de un todo colectivo, por lo que se disuelve también nuestra responsabilidad individual, que ahora recae en el grupo, en la estructura o, si acaso, en la autoridad. Si ya no somos más que una pieza más de una maquinaria, dejamos de considerarnos responsables tanto de nuestros actos como de sus consecuencias, lo que confirma nuestro paso de la autonomía a la heteronomía, de la conciencia ética individual a la obediencia y a la conformidad).
Renunciar a nuestra libertad individual por miedo es renunciar a nuestra voluntad, identidad y responsabilidad individual, convirtiéndonos en seres sin autonomía, seres que no eligen ni toman decisiones, seres muy parecidos a robots programados para obedecer. Y no olvidemos que tanto el Estado totalitario como el mercado prefieren los autómatas a los individuos autónomos.

  • Miedo al comunismo y a la URSS

Tras el holocausto nazi y la Hiroshima norteamericana, la devastada Europa, atemorizada ante un nuevo crack bursátil y aterrada ante el comunismo soviético, llegó a un pacto, legitimado por autores como John Maynard Keynes y posibilitado por sucesivas victorias electorales de la socialdemocracia, que lleva al Estado a intervenir de forma selectiva y puntual en la economía para corregirla, así como para mitigar los efectos perversos del capitalismo, planteando, más o menos, una situación intermedia entre un liberalismo económico radical y una rígida planificación estatal de la economía que no deje esta ni completamente en manos de los mercados ni completamente en manos del Estado.

Quien tiene una cosa, en realidad tiene dos cosas: la cosa y el miedo a perder esa cosa. Quien no tiene nada, no tiene miedo (no tiene nada que perder). Sólo quien no tiene miedo puede ser libre (“Quien vive temeroso, no será nunca libre”, nos dice Horacio). Luego sólo quien no tiene nada puede ser libre

De nuevo nos encontramos con el miedo, esta vez miedo a la expansión en Europa del comunismo. En efecto, el Estado del bienestar europeo de los años cincuenta y sesenta fue una apuesta estratégica para salvar el capitalismo y hacer frente al modelo soviético, cuyos tentáculos llegaban hasta Berlín. El plan Marshall, por ejemplo, no pretendía tanto levantar la devastada Europa como enfrentar la amenaza soviética. Para ello, el capitalismo tuvo que ofrecer su rostro más dulce y humano, pues resultaba imprescindible que los ciudadanos europeos, especialmente los obreros, viviesen bien, ya que la pobreza y la exclusión social podían empujar hacia el socialismo y la revolución (la Unión Soviética consiguió mejorar espectacularmente las vidas de los obreros… de los países no comunistas). Básicamente, de lo que se trataba era de convertir al obrero en clase media, algo que el obrero acepto encantado (si algo nos ha enseñado el Estado del Bienestar es que el obrero deseaba ser burgués, o al menos consumir como un burgués). El Estado del bienestar, por miedo al comunismo soviético, buscó y consiguió limitar la rebeldía de los trabajadores europeos, lo que evitó que estos se dejasen seducir por los cantos de sirena procedentes del otro lado del telón de acero. Por eso, una vez desaparecida la amenaza soviética, dejaron de existir razones para limitar o controlar un capitalismo que hoy nos ofrece, bajo la etiqueta de neoliberalismo, su versión más radical, salvaje y atroz.

  • Miedo a la libertad.2 (miedo a la libertad de los otros)

Algún día habrá que hablar de la guerra fría, una guerra que ha marcado nuestras vidas como mínimo por dos cuestiones: por su duración, casi medio siglo (comenzó con el lanzamiento de la bomba de Hiroshima y se prolongó hasta el año 1991), y por ser una guerra ideológica que ha impedido una evaluación realista tanto del comunismo como del capitalismo (si criticabas el capitalismo en occidente te decían que te fueras a vivir a Moscú; si vivías en Moscú y criticabas el comunismo, te enviaban a Siberia). El capitalismo venció en la guerra fría apostando por el bienestar y la libertad, lo que sirvió para enfrentar la amenaza soviética pero creo un nuevo miedo a la libertad: el miedo a la libertad de los otros (sobre todo de los jóvenes). Eso sí que asusta: la libertad de los otros (las personas libres siempre generan miedo). ¡Cuántos renunciarían gustosos a su libertad a cambio de que los otros tampoco pudiesen ser libres!
Y si una persona libre da miedo, muchas personas libres juntas aterrorizan. Eso ocurrió en esta década prodigiosa. En efecto, los elevados grados de libertad y la bonanza económica propias del Estado del Bienestar actúan de caldo de cultivo para unos movimientos sociales, claramente antiautoritarios, que van a cuestionar el sistema desde diferentes perspectivas: movimiento estudiantil, movimiento pacifista, movimiento negro, movimiento por los derechos civiles, movimiento ecologista, movimiento feminista… Del miedo a la libertad que dominó los años treinta se pasó al ejercicio de esta, de la obediencia a la autoridad se pasó a la reivindicación de la libertad y a la rebeldía ante todo lo que impida esa libertad.
En los años sesenta, en el primer mundo occidental no había miedo a la libertad; tampoco miedo al desempleo, a la exclusión social, a enfermar y no poder pagar la atención sanitaria, a no tener una pensión el día de mañana… Y sin miedo no hay capitalismo. Al menos no hay obreros dispuestos a dar su vida a cambio de casi nada. No podía mantenerse semejante aberración políticoeconómica. Había que volver a disciplinar a los trabajadores. De manera que en los años setenta, en plena resaca contracultural y antiautoritaria, comienza a construirse una nueva arquitectura politicoeconómica. En esta década, década de golpes de estado apoyados por los EE.UU., se produce también un “golpe de estado al Estado del bienestar” (hoy asistimos a una vuelta de tuerca más: un “golpe de Estado al estado de Derecho”). Las condiciones para este golpe de estado eran perfectas debido a la crisis económica derivada de la guerra de Vietnam. El “evento legitimador” de semejante cambio de rumbo apareció casi caído del cielo en 1973: la crisis del petróleo (un evento legitimador ciertamente perfecto: una causa externa, imprevisible y traumática). Tras 1973 el camino está ya abierto para un neoliberalismo, “consenso de Washington” que sustituye al “pacto keynesiano”, impulsado por la llegada al poder sucesivamente de Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1980) y asentado definitivamente con la caída del “muro de Berlín” (1989) y del modelo soviético (1991).

  • El miedo

Y así llegamos al siglo XXI. Podríamos continuar analizando este nuevo siglo en función del miedo (miedo a los movimientos sociales anticapitalistas, miedo al terrorista, miedo a la crisis…); pero ya me he extendido demasiado. Lo dejo, pues, para otro artículo, ya que es obvio que se trata de un tema, el miedo como arma de control y dominación social, que da para mucho. Y que seguirá dando para mucho, porque los políticos sólo tienen dos maneras de influir en la ciudadanía: o seduciendo o dando miedo. Los políticos ya no nos seducen, luego no les quedará otra que acudir al miedo. No es de extrañar entonces que el miedo, que comenzó siendo una emoción vinculada a la amenaza, a la sensación de peligro, sea hoy un sentimiento (una emoción racionalizada) fundamental para explicarnos nuestra sociedad: miedo al castigo, miedo a los otros, miedo a perder lo que tenemos o creemos tener…
Me gustaría, no obstante, finalizar con cuatro breves reflexiones:
- La incertidumbre es el hábitat natural del ser humano (al este del Edén hay caos e incertidumbre). Ya lo decía Plinio: nada hay cierto sino la incertidumbre. Y siempre que haya incertidumbre habrá miedo: al futuro, al fracaso, al abandono, a la soledad, a la indiferencia...
- El miedo, aunque puede ser patológico, también puede ser perfectamente normal (¿cómo no temer la segura muerte y el seguro olvido?). Más que eso, el miedo es adaptativo, pues nos informa de una desproporción entre nuestros recursos y los peligros y demandas del entorno (de nuestros antepasados, aquellos que no tuvieron miedo perecieron). Desgraciadamente, el miedo a perder tu puesto de trabajo, no poder encontrar otro y caer en la exclusión social no es algo patológico en estos tiempos que nos ha tocado vivir. Habrá que acostumbrarse, pues, a vivir con miedo.
- Y ya que hablamos de vivir con miedo, cómo olvidar a Roy, el replicante de Blade runner, más humano que los humanos, cuando al final de la película nos dice: “es toda una experiencia vivir con miedo”. Eso es lo que significa ser esclavo. Lo que nos lleva, de nuevo, a la relación entre miedo y libertad.
- Quien tiene una cosa, en realidad tiene dos cosas: la cosa y el miedo a perder esa cosa. Quien no tiene nada, no tiene miedo (no tiene nada que perder). Sólo quien no tiene miedo puede ser libre (“Quien vive temeroso, no será nunca libre”, nos dice Horacio). Luego sólo quien no tiene nada puede ser libre. Por eso no es libertad lo que debemos exigir, sino autonomía para elegir nuestros miedos, autonomía para elegir qué no queremos perder, autonomía para elegir a qué cosas, o personas, deseamos someternos. Pero esta es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión, a poder ser por alguien más sabio e inteligente que yo.