El fin del fin de la historia

15 de ochobre de 2012 DE 2012 • Diego Díaz

Allá por el año 1992, con los escombros del Muro de Berlín todavía calientes, la URSS en plena desintegración, y los EEUU convertidos en los indiscutibles amos y señores del cortijo planetario, un individuo llamado Francis Fukuyama publicaba un libro titulado “El fin de la historia y el último hombre”. La tesis del politólogo venía a ser que la humanidad había llegado en los años 90 al último capítulo de su larga historia con el triunfo apoteósico del capitalismo y de la democracia liberal.

Allá por el año 1992, con los escombros del Muro de Berlín todavía calientes, la URSS en plena desintegración, y los EEUU convertidos en los indiscutibles amos y señores del cortijo planetario, un individuo llamado Francis Fukuyama publicaba un libro titulado “El fin de la historia y el último hombre”. La tesis del politólogo venía a ser que la humanidad había llegado en los años 90 al último capítulo de su larga historia con el triunfo apoteósico del capitalismo y de la democracia liberal. De ahí en adelante lo que quedaba era algún pequeño retoque, la extensión de la democracia liberal capitalista algún rincón del globo “atrasado”, y poco más, porque lo fundamental básicamente ya se había resuelto con la derrota del comunismo. Una soberana gilipollez cuya trascendencia en el momento sólo se entiende por el despiste general de esa década, y por la cobertura que le dieron unos medios e instituciones interesados en promocionar tan conservadora ocurrencia. Si la profecía de Fukuyama ya en 1992 era como para pensarse que a este señor el título de politólogo le había tocada en una rifa, a día de hoy, con lo que ha caído desde entonces, torres gemelas incluidas, que este individuo se atreva a seguir saliendo a la calle demuestra que estamos hablando de un caradura como pocos. Sin embargo, a pesar de lo descabellado e interesado de la teoría de el fin de la historia, de un modo u otro la idea de “resignaos, vivís en el mejor de los mundos posibles” ha calado entre el personal, e incluso, de un modo inconsciente, en unos militantes más acostumbrados a la acción simbólica y a perder con estilo, que a jugar para tratar de ganar. La crisis está acelerando los tiempos y derribando muchas barreras mentales que todos teníamos. Atrevernos a pensar cómo realizar hoy un proceso de transformación social profundo en una sociedad como la nuestra, que sigue pese a todo perteneciendo a eso que llamamos el Norte, es un reto del que no podemos ni debemos escaquearnos, ya sea por la vía del derrotismo, o por la de un radicalismo sectario que no nos lleve a ningún lado excepto al onanismo. No me respondan ahora, háganlo después de la victoria de SYRIZA en las próximas elecciones griegas. Si eso ocurre, y sabemos que van a tratar de impedirlo por todos los medios, neonazis incluidos, podemos estar seguros que las cosas se van a poner muy interesentes en este lado de Europa.