Crónica del terrorismo policial en Xixón

15 de payares de 2012 DE 2012 • Miguel Ángel Llana

Sobraban motivos para salir a la calle, más de 100.000 parados y paradas, el robo de las pensiones , nuestra sanidad, nuestra educación. Nuestro futuro.

Vemos impasibles como el futuro de nuestros hijos e hijas se diluye en la incertidumbre y es por mi, por mi compañera, por mi hija por mis amigos por los trabajadores y por los que no pueden trabajar, que decidí salir a la calle.

Por la mañana alrededor de 200 personas salimos llamando a la huelga. Al contrario de lo que pensaba en un primer momento, la inmensa mayoría de los puestos de trabajo estaban vacíos, a excepción de un bar y una sucursal bancaria. A medida que caminábamos iba en aumento la dotación policial que caminaba junto a nosotros. Fue casi al final de la marcha cuando se produjo la carga: sin mediar palabra los policías empezaron a golpear a la gente y en ese momento, instintivamente sólo pude gritar a la gente ¡Corred!. Inmediatamente di media vuelta y comencé a correr en dirección contraria a la barbarie hasta que un golpe en la espalda me tiró al suelo, sólo pude reaccionar para cubrirme la cabeza cuando empecé a sentir en mi espalda uno, dos, tres y hasta seis golpes, por último, como sólo hacen los cobardes un último golpe me fracturó la nariz. No era suficiente. No bastaba con machacar la espalda de una persona que estaba huyendo. Que estaba indefensa en el suelo. Que no podía moverse. Me arrastraron por el suelo hasta que a duras penas pude levantarme y un agente me dice que me van a detener por agredir a un compañero.

En un borrón de sangre y con el cuerpo magullado pero con la dignidad intacta mi última preocupación era ir a un calabozo y trataba de mirar si había más heridos y efectivamente los había. A los compañeros que se jugaban la cara interesándose por mí les hice un gesto con el pulgar hacia arriba a la vez que trataba de sonreir para tranquilizarlos.

Miré al policía que me custodiaba y le dije: "¿Entiendes ahora por qué la gente os odia? Mirad lo que habéis hecho. Sois la llave inglesa que los poderosos usan para apretar más y más la tuerca de la explotación y encima cada vez os pagan menos". El sabía que tenía razón y no fue capaz de sostener la mirada. Creo que fue por eso por lo que me dejó marchar al hospital, porque él y yo sabíamos que yo no había agredido a nadie.

No veía el momento de llegar a casa y ver a mi hija de casi dos años. Cuando llegué, al oír cerrarse la puerta, vino corriendo a recibir a su padre, la pequeña sonreía de una manera que sólo permite la inocencia y el amor de una hija a un padre. Me abrazó me miró a la cara y como si se detuviese el tiempo su sonrisa poco a poco se convirtió en una mueca de tristeza. Con ojos llorosos y señalándome la cara dijo: -Papá pupa.

Sólo pude abrazarme a ella y desear que ese momento no acabara nunca.

Después de darle la cena y acostarla volví a pensar en los perros rabiosos que con saña hoy me apalearon y me di cuenta de lo mucho que nos diferencia: aparte de que yo nunca agrederé a nadie y mucho menos a alguien indefenso en el suelo, yo podré explicarle a mi hija que hoy a su padre le han dado una paliza por salir a la calle a defender nuestra libertad, por salir a la calle por su futuro. En cambio el policía no podrá contarles la verdad a sus hijos, seguramente les dirá que papá es policía que viste de uniforme y lleva una chapa que brilla y una pistola, y les dirá que papá es un hombre bueno que detiene a los malos. Pero el policía y yo sabemos que eso no es verdad. El policía y yo sabemos que el es un psicópata que desahoga su frustración pegando a gente indefensa, una bestia que se alimenta del dolor que produce a los demás. Eso es lo que a sus hijos nunca podrá contar.

Miguel Ángel Llana desde Asturbulla